Un día para danzar

 

La danza afro es una expresión corporal diversa, que permite la interacción de quienes la practican y la admiración de unos otros, Suba no es la excepción, una localidad que está comprendida con ritmos del Pacífico y del Caribe colombiano a través de influencias africanas, tiene la facilidad de llegar a cualquier territorio, con su maravillosa mezcla de sonidos alegres, bailarines de gran expresión corporal, que junto a su canto roban las miradas y el corazón de cualquier espectador.

Por: Viviana Pinto, Alex Medina y Diana Casas


Bogotá D.C, domingo 7:30 a.m, al despertar sentía que no iba ser un día usual, era algo difícil de explicar, mi corazón aceleraba más de lo usual y mis pies al levantar tenían ganas de danzar, pues durante ese día aprendería un poco más sobre la cultura afro en Colombia y su día a día en la localidad de Suba, era tiempo de arreglarme pues mi grupo “Contar lo nuestro” me esperaba a las am 9:00 am en la entrada de un centro comercial llamado Subazar, al salir de mi casa el día estaba radiante y un poco desolado esto ayudó a agilizar mi llegar, poco después llegué a la estación de Transmilenio que quedaba frente al punto de encuentro, desde allí a lo lejos veía la diversidad étnica de mis compañeros encontrarse uno a uno es curioso, parecíamos una mezcla de danza afrocolombiana como el Currulao, Mapalé, Berejú, Patacoré y Abozao ; no podía faltar Kokoa, una joven mascota que nos acompañaría en nuestro recorrido.


Desde aquí empezaría nuestra gran travesía, iniciamos a caminar hacia nuestro primer destino, el Parque Central Suba, a medida del paso veíamos muchas casas antiguas, comercio y pocos vehículos transitar, se hacía sentir el domingo que para muchos era un día de descanso.


Al llegar al parque, nos encontramos con dos personas misteriosas; Leonardo Toncel, un joven risueño afrodescendiente oriundo de la ciudad de Barranquilla, medía aproximadamente unos 1,75 de estatura, semi barbudo de cabello negro y corto, quien estaba vestido de gorra, sudadera y camiseta blanca, la cual llevaba estampada un tiburón, tal vez del poderoso junior de Barranquilla, y su compañero Wilson Moreno Asprilla, un joven también afrodescendiente nacido en el departamento del Chocó, aún más alto que Leo, flaco, de cabello corto y tinturado él era callado, pero receptivo; estaba vestido totalmente de negro, con una cruz en el pecho que lo hacía ver devoto a su religión, realmente parecía que fuera nuestro guarda espaldas, tenía puesto unos audífonos negros alrededor de su oreja y supervisaba nuestros pasos como si fuera una coreografía.


Luego Leonardo empezó a contarnos que el parque era un punto de lucha de las comunidades negras, puesto que quedaba frente a la alcaldía y a pocos metros de la casa de la cultura, así siguió relatándonos sobre las diferentes problemáticas, discriminaciones y procesos artísticos de su comunidad, hasta que de repente un fuerte sonido nos desconcentró pues cerca de nosotros había llegado una banda musical de policías, quienes se encontraban ensayando frente a la iglesia del parque, parecía una batalla campal, ellos tratando de opacar la voz de nuestro guía, pero el cómo un fuerte guerrero con voz pujante hizo caso omiso al ruido y siguió aportándonos su conocimiento de manera jocosa.


De repente, nuestro amigo Leo se puso un poco más serio, pues tocaría un tema de mucho interés para todos, la ganancia y pérdida de la famosa casa de la cultura afro: “fue un pilar para nosotros, en ella pudimos ayudar a muchas comunidades étnicas, pero como raro en este país lo bueno no dura tanto y así la nueva alcaldía dio lugar a acabar con nuestro espacio de alegría, fuerza y lucha”.


“Al no tener un espacio para ejercer nuestras actividades, la casa de la cultura y la biblioteca nos abrieron las puertas, pero esta última también doblegaría, pues el bullicio que generábamos al practicar nuestras tradiciones, como la danza y el teatro afro, no era de mucho agrado para la nueva administración, esto dio lugar a que solamente podríamos contar con la casa de la cultura”.


Un poco cari bajos, asombrados de la injusticia que habían vivido nuestros hermanos, decidimos preguntarle, si todo quedaría así, pero no, como toda historia, habría momentos buenos por contar.
Así que Leo, ahora mucho más alegre que lo usual, nos comentó que, gracias a la resistencia inculcada de sus ancestros, la comunidad llegó a participar en el “Septimafro”, un evento donde se conmemora la afrocolombianidad en Bogotá.


Este evento era de gran importancia, dado que los jóvenes estrechaban lazos afectivos y culturales, que permitían el reconocimiento de las comunidades afro en la ciudad de Bogotá. De cada localidad saldría un grupo a danzar y Suba no sería la excepción, sin embargo, a través de este, se lucraban los organizadores y dejaban a sus participantes en el olvido.


A raíz de esto, los jóvenes de la localidad decidieron crear verdaderas escuelas de formación artísticas, ya no solo, sería algo pasajero, como el “Septimafro”, querían generar un cambio significativo, su objetivo era claro y era hacerse notar, es por esto que crearon la Escuela de Formación Afro, que sería una voz de aliento y resistencia para que los participante tuvieran las herramientas necesarias, para enfrentarse a una realidad de la comunidad. En ese momento sentí la satisfacción de saber que aunque fue duro el camino lograron el objetivo, y no se dejaron derrotar por opresores que querían todo lo contrario.


Al terminar de darnos todos sus conocimientos, Leo nos llevaría por fin a conocer la tan mencionada Casa de la Cultura, la cual quedaba a pocos pasos de donde nos encontrábamos, al llegar, las personas encargadas nos recibieron contándonos un poco sobre las diferentes actividades culturales que se realizan en ella y el verdadero fin, en servir a la comunidad, mientras seguíamos el recorrido, conocimos varias zonas como la cabina tanto de radio y televisión Suba al aire, y los diferentes salones donde se practicaban diferentes tipos de danza.


Allí tuvimos la oportunidad de ver un grupo practicar un baile indígena y otro que más llamó nuestra atención, un grupo de jóvenes bailando hip hop, una mezcla de música con ritmos afro. Su líder era un joven de aproximadamente 25 años, delgado, de tez clara y no tan alto; pero eso sí, con una forma de bailar despampanante al bum de la canción “I Can”, que además nos hacía un llamado a participar.


El Parque La Manuelita fue también testigo de nuestro recorrido, aquí se concentraban muchos jóvenes afro, para compartir un buen partido de micro, reflejaban felicidad teniendo tan poco, y eso me llenaba de regocijo. El día iba acabando y con el, nuestro camino, entre más sitios conocíamos, más eran nuestras ganas de aprender y de querer seguir como resistencia, hacía un sistema que deja de lado a las minorías étnicas.

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